Esta poesía la escribí con catorce años, con intención de fundir la épica de la temática con la forma solemnísima de las coplas de pie quebrado.
En el ocaso sombrío
todo el mundo se estremece
sollozando,
pues el último gran rey
abandona su morada
expirando.
Majestuoso observó
con infinita bondad
atardecer,
a la ciudad orgullosa
que en una tarde lluviosa
le vio nacer.
Los sabios profetizaron
que iba a tener muchos dones
en cuantía,
siendo el dueño poderoso
de la última gloriosa
dinastía.
En el campo de batalla
el refulgir de su espada
destacaba,
centelleaban sus ropas
mientras el sol los ojos
le brillaba.
Con los hombres era justo
y problemas resolvía
con gran calma
a los pobres ayudaba
y los males le dolían
en el alma.
Pero la muerte llegó
y su destino aceptó
sin vacilar,
el más grande soberano
que su gran pueblo pudiera
recordar.
Una aureola de luz
le rodea todo el cuerpo
atestiguando,
la santidad de las obras
que realizó con esfuerzo
gobernando.
Los poetas y juglares
cantan las grandes victorias
del pasado,
mientras que el augusto rey
yace en un lecho de flores
acostado.
Lo ponen en una barca
con las armas a los pies
reposando,
y lo abandonan al mar
su nueva regia morada
suspirando.
Y la corona ceñida
en sus cabellos de plata
refulgiendo,
se aleja en el ancho mar
mientras los rayos de sol
van muriendo.
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