sábado, 18 de noviembre de 2006

Buscando el sentido

Se sentó. Cogió un papel del montón que había delante de la impresora. Se dio cuenta de que tenía que levantarse para coger el bolígrafo, ya que siempre lo llevaba en el bolsillo del pantalón. Se levantó, y silenciosamente recorrió los escasos metros que separaban la mesa del armario empotrado donde guardaba su ropa. Nada se movía en la quietud de la habitación dormida, sólo el respirar acompasado de sus compañeros y el murmullo de los viandantes nocturnos. Tras coger el bolígrafo descorrió ligeramente las cortinas y miró por la ventana entreabierta al negro de la noche. La farola cercana le produjo una sensación de surrealismo anaranjado cuando sobrevoló de un vistazo la calle semivacía. Se oían a lo lejos las risas, gritos y cánticos provocados por el alcohol, y un extraño sentimiento de tristeza inquietó su ánimo.
Una vez que estuvo sentado en la mesa, fijó la vista en el papel en blanco. Le agradaba aquella sensación de vacío mental, aquella evasión momentánea de todo lo que quedaba fuera de aquel blanco que se tragaba todo en sus profundidades. Le gustaba sumergirse en el papel en busca de aquellas palabras que, sin entenderlo del todo, formaban de alguna manera parte de su ser.
Apretó el bolígrafo con fuerza: acababa de ver algo. Escribió las palabras en la parte superior del papel A4. Proa… estay… polar. Comprendió que esas palabras contenían una historia única, irrepetible, y que sólo en su mano estaba el que aquella maravilla no se perdiera.
“La proa hendió con fuerza el oleaje desmesurado. Todos gritamos cuando el estay se desprendió y cayó sobre la cubierta. ¿Cómo diablos nos habíamos dejado engañar para este viaje absurdo al Círculo Polar? […]”.
Le encantaban aquellos ensayos en los que las historias surgían sin parar, fluyendo como un río que amenazaba por desbordarse fuera de los límites de la razón.
“Era un sueño. ¿Estaba en la proa del Alinghi? De repente vi como el estay se derrumbaba, derrotado por el viento Polar… pero Felfo me despertó con un: –buenos días, Lousan […]”.
Escribía cada vez con más fiereza. La imaginación se le desbordaba…
“– ¡Rápido, corred hacia la proa!– El estay rasgado sirvió para hacer un torniquete a la pierna herida del capitán. La estrella Polar brillaba […]”
… y al final siempre terminaba con un ensayo que tuviera un final feliz.
“La proa de la lancha danzaba al son de las olas. Los estays congelados en el Círculo Polar despedían al capitán Johny. Sonrió. El rescate había merecido la pena. Volvían […]”.

Sin embargo, aquella noche algo le bullía en la cabeza, luchando por liberarse a través de la tinta y diluirse en el papel. Cogió el papel en el que había estado escribiendo, releyó los ensayos que acababa de escribir… y lo dejó suavemente en la papelera. Había descubierto que no le acababan de llenar aquellos relatos cortos, pues aunque bien escritos y de diferentes requiebros estructurales, carecían de un elemento fundamental: él mismo. Realmente, él no estaba reflejando nada propio en esos ensayos: eran anónimos, escritos extraños que habían salido a través de su escritura, de no se sabe qué recóndito lugar de su ficción. Y precisamente por ser ficción, no eran verdaderos, no eran auténticos.
Visiblemente emocionado por este descubrimiento, retiró otra hoja del montón de folios de la impresora, y volvió a zambullirse en el papel. Esta vez no trató sólo de encontrar las palabras en su ser, sino encontrar a su ser en las palabras.
Súbitamente, surgieron algunas palabras que anotó casi con frenesí: gigante, ostracismo, taza. No podía creer lo que veían sus ojos. ¿Gigante, ostracismo, taza? Pero era la exigencia de aquellos relatos que se disponía a transcribir desde su mente, y los pensamientos que se le atropellaban le obligaron a escribir.
“El gigante dormido era una constante en mis sueños. Condenado al ostracismo en aquella remota isla desierta como castigo a los infames delitos por mí cometidos, esta idea me obsesionaba sin cesar: ¿Un gigante dormido en una taza de té? […]”.
No, no, no. Eso no era lo que él quería. Empezó a temblar del nerviosismo.
“El piso, gigante, se extendía a sus pies. Era el piso del señor Ostracismo, dueño de la mitad de los pisos de alquiler que suponían un castigo para cualquier trabajador. De repente, la taza explotó en mil pedazos […]”
Algo en su interior, efectivamente, había explotado. La línea que le separaba de la irracionalidad había sido traspasada, y ahora escribía casi con locura en los ojos.
“– ¡qué oreja tan gigante! Como no la escondas, acabarás en el ostracismo social. Es el castigo para los que no somos como a ellos les gusta. Acabaremos en la taza del WC […]”.
No podía parar. Deseaba con todas sus fuerzas que algo surgiera para poner en orden ideas tan caóticas.
“Un gigante le preguntó sobre el ostracismo. El niño, absorto, se quedó callado sin saber qué responder. Pero aquel gigante no le impuso un castigo por no saberlo, sino que decidió explicárselo mientras se tomaban una taza de té”.
Empezaba a serenarse. Aquello tenía más sentido. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y hundió la cabeza entre las manos. No lo conseguía.
Se pasó la mano por el pelo y miró a su alrededor. Ignoraba cuánto tiempo llevaba escribiendo sin parar. Aparentemente, todo seguía igual que siempre, pero él sentía que no era así. De un modo misterioso, lo que le afectaba a él afectaba también a todo aquello que concernía de alguna manera a su vida, de igual modo que lo que influía en las cosas influía también en él. Qué galimatías tan irónico.
Ya empezaba a estar cansado. Entrecerró los ojos. Aquel era, con diferencia, el mejor momento de aquellas noches de insomnio en las que se levantaba para escribir. Aquellos ensayos constituían la única vía de escape que tenía para fugarse de la realidad, y misteriosamente, el único modo que tenía de comprenderla.
Depositó aquella hoja junto a la anterior. Cogió de nuevo un folio del mismo montón de papeles, pero a diferencia de lo que había hecho con las hojas anteriores, no se dispuso para bucear en su blancura. Sabía perfectamente qué era lo que quería escribir.
“El cielo azul, transparente, límpido, se tornó en negro pez cuando los nubarrones descargaron sobre el campo dormido. ¿Era una realidad, o sólo un sueño? Sólo la muerte tenía la respuesta […]”.
Puso silenciosamente el bolígrafo junto al papel, colocó la silla suavemente en su sitio, dejó el albornoz y sus zapatillas junto a la mesa, y finalmente se tumbó de nuevo en la cama. Se arropó en la penumbra. Ahora podía dormir tranquilo.
“[…] sólo la muerte tenía la respuesta […]”.
Le gustaba.


Juan Moreno Borrallo