Ese hombre de rostro enjuto y nariz aguileña, que con tanto acierto plasmó Velázquez en uno de sus cuadros; ese hombre de porte decidido y mirada altiva que a tantos maravilló; ese hombre fibroso, tantas veces apaleado por la vida, siempre presto y en tensión para la batalla; ese es, a grandes rasgos, Miguel de Cervantes.
De su persona no nos maravillan propiamente sus escritos, fruto de su destreza en la lucha con la pluma, refugio de su corazón. No nos maravillan propiamente sus hazañas, espejo imborrable de una audacia rayana en la temeridad y de una valentía solamente superada por su coraje y su sentido del honor. No nos maravilla propiamente su mirada profunda, mar infinito de experiencia y sabiduría. No nos maravillan propiamente su laboriosidad y honradez, tan pocas veces recompensada.
Lo que verdaderamente hace que se giren hacia él las miradas de cuatro siglos de historia es su tenacidad, curtida en las mil pequeñas y grandes batallas de cada día, que supo plasmar con tanta fuerza en sus escritos. Atrae su fortaleza, su fe y su esperanza en que el mundo no se mejora solo, sino con la sangre de miles que sacrifican su vida en la oscuridad; esa vida que el sacrificó hasta exprimirla regando con su sudor esa misma tierra que luego recorrió en sus andanzas Don Quijote; esa tierra dura, que tantas veces le quiso derrotar. Al final, el genio encontró la forma de liberarse: con su propia sangre se quedó en forma de libro, un libro tan auténtico y atractivo porque no son meras invenciones de la imaginación lo que relata, sino las propias vivencias de un hombre loco; un loco que todavía creía en la nobleza del corazón, el valor y la poesía, “todo ello después de la gracia de Dios”; un soñador entusiasmado con todo lo grande, sagrado y esplendoroso, que él supo encontrar en el pedregal de su vida.
Por eso él es un héroe, un loco, un poeta y un caballero cuyo ser nunca se irá del todo; el hombre que vivió en la oscuridad pervivirá para siempre en la luminosidad de su obra.

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